Larga distancia


Por Rachel D Rojas.

¿A dónde van los patos cuando el lago de Central Park se congela? A dónde. Una y otra vez la misma pregunta después de cerrar aquel libro viejo y manchado que me prestó ese amigo unos meses antes de salir del país. Él se fue a Miami. Y otros como él. Tantos que ya no me alcanza la memoria para contarlos.

Formar parte de una generación habituada a las despedidas y a la espera puede ser desgastante, y también poético, si se quiere. Se marchan a otro lugar, y esperan: el permiso de residencia, el permiso de trabajo, la licencia de conducción, la reunificación familiar, el futuro mejor. Y los que se quedan también esperan: las conversaciones intermitentes, las remesas, las recargas al celular, las visitas de reencuentro, los cambios que nos harán un mejor país para vivir, la oportunidad de seguirles, el futuro mejor.

También están los que quieren quedarse. “Me quedo a apagar el faro cuando ya no haya nadie”, bromean. Pero el caso, particularmente punzante, es que se va buena parte de los amigos con los que se quiere compartir una época además de libros y cervezas.

La mayoría de ellos se ha ido a Miami, por reunificación familiar —aunque las becas para estudiar en otras universidades (y con ellas la posibilidad de vivir en otro país) también tienen su saldo migratorio—. Y no se mueren, como dicen por ahí los que prefieren asumir las largas distancias en términos definitivos.

Alguien a quien quise demasiado decía que todo el que se va, se muere de algún modo. Pero luego también emigró y comencé a resistirme a las ideas radicales (cortar de raíz). Aunque no niego que algo de cierto tiene su punto. Él mismo murió un poco aquí para nacer en otro lugar, otros brazos y otro mar.

El jodido mar. Ya estaba ahí antes de que a alguien se le ocurriera cruzarlo… y tan al alcance de la nostalgia en esta ciudad. Pocas jugarretas emocionales hay tan previsibles como preguntarse por los amigos que se han marchado con el mar bien cerca. Más aun cuando se espera a quien ha decidido volver, pasando por encima de la Ley de Ajuste Cubano y el sueño de la prosperidad. Porque también vuelven y perdonan y reconstruyen. Solo que no es el caso de mis amigos, porque los veintitantos no es edad para regresar a ninguna parte; casi todos estamos aún de ida.

Antes, marcharse de Cuba era una decisión más dramática, por lo irreversible. No había regreso. Ya no.

Por eso hace un par de días me pregunto cuál será el punto exacto en Cuba desde el que se comienzan a contar esas noventa millas que me separan de Miami y de una parte de mi vida. Honestamente no lo sé. Creo que si tuviera que escoger alguno, sería una porción del muro del Malecón.

Hay ciertos libros que ni siquiera se deben tocar cuando una sabe a dónde se van los amigos sin poder seguirles pero no puede pensar en dónde se meterán los malditos patos cuando el agua se congela, o si alguien regresa.

La emigración, la posibilidad inminente de ver cómo los más cercanos se alejan de la vida cotidiana, está en el aire. En las conversaciones más casuales: “Cuando esté allá…” o “¿Hijos? Ya veremos cuando llegue al frío”. En todas partes. Es así. Puede ser cualquiera, puede ser uno mismo.

Irse ya no es, no tiene que ser, una decisión definitiva. Ya no hay traidores, ni gusanos, ni apátridas. Por suerte, creo que como nación poco a poco hemos superado esa clase de razonamientos. Y en ese mismo proceso la sensación de vivir extrañando se ha asentado en el ADN de toda una generación acostumbrada a despedirse y a esperar, que ha vivido cultivando amistades y amores intensos, pero constantemente breves.

Un día cualquiera la calle tiene los baches de siempre, el teléfono sigue funcionando, la oficina sigue en el mismo lugar, la puerta de la casa sigue abierta cuando pasas en la tarde. La única e inevitable diferencia es que ellos ya no están en ese paisaje, sino en otro. No es lo mismo, pero de alguna manera están.

Claro, hay muchas formas de permanecer cerca. Escuchar el mismo tema de Pink Floyd cuando del otro lado del Estrecho alguien también le pone el play. Sentir sonar el teléfono con un par de ceros internacionales delante y saber lo que significa, sin contestar. O esperar el correo; trabajar y chatear; intercambiar fotos, recados; te mando el libro, no te preocupes; llama a mi mamá, ayuda a Dania en ese trabajo… No es lo mismo, pero están.

Y todo eso es lo de menos. Las 90 millas, digo. Lo de más son los gobiernos, el diferendo, las políticas, las compañías telefónicas, las aduanas, las mulas, las aerolíneas…

¿A dónde van los patos cuando el lago de Central Park se congela? Pues no lo sé. Pero quienes andan lejos van al parque donde alguna vez los acompañé a acabar el peor ron de Cuba, a las fotos y al punto verde encendido en Facebook, al libro que nunca devolví, a la canción que trae todo un tiempo feliz de vuelta, al lugar intangible que una les crea para poder permanecer juntos.

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Progreso Semanal/ Weekly

Publicado el 20/08/2014 en Sociedad y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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