El lamento del “exilio”


El cambio en la política de EE.UU. hacia Cuba ha sacudido a un sector de la comunidad cubanoamericana –los exiliados de línea dura que se consideran “exiliados históricos” o reales– hasta sus raíces. En medio del griterío y la pataleta colectiva de los intransigentes, podría no verse el hecho de que su actitud no es compartida por aproximadamente la mitad de los cubanos que viven en Estados Unidos, como han demostrado encuestas y mucha evidencia anecdótica.

Después de todo, la furia y la pasión y la atmósfera circense mostrada de manera más prominente en el restaurante Versailles es buen material para un video. Si uno recibe todas las noticias por medio de la televisión local, como le sucede a mucha gente, y en especial si se reciben las noticias por medio de la televisión y la radio en lengua española, como les sucede a muchos cubanos y a otros latinos, se podría llegar fácilmente a la conclusión de que casi todos los cubanos rechazan la apertura del presidente Obama hacia Cuba.

Eso dista mucho de la realidad, como demostraré más adelante. Ahora quiero concentrarme en algunos de los asuntos principales que emergen de la reacción del exilio de línea dura y de los medios impresos y electrónicos que mayormente están destinados a ellos.

Un titular de The Miami Herald captura bien la reacción inicial de los extremistas: “Miami, corazón de la comunidad exiliada de Miami, anonadada por el cambio de política de EE.UU.” Es una descripción certera decir que todos, desde los que están a favor de la nueva política hasta los que se oponen violentamente fueron sorprendidos. El único problema con el titular, que refleja la tendencia a la que me refería anteriormente, de asumir que hasta en Miami los cubanos son monolíticos en este asunto, es el verbo escogido. Hasta algunos cubanos que apoyan la nueva política se presentaron en el Versailles y defendieron su punto de vista. Además, los que hemos estado trabajando durante mucho tiempo por un cambio como este y llevamos cicatrices por haberlo hecho, así como los que han permanecido cautelosamente callados aunque piensen que el cambio era necesario hace mucho tiempo, no quedaron anonadados. Eufóricos.

Sin embargo, indudablemente los históricos de línea dura quedaron dolorosamente anonadados. Se habían acostumbrado tanto a prácticamente dictar la política de Estados Unidos hacia Cuba, tan acostumbrados a que los políticos vinieran a Miami a halagarlos por sus votos, tan seguros de saber con anterioridad, ser consultados y poseer poder de veto que el anuncio de Obama tuvo que golpearlos con la fuerza de un poderoso Taser.

La administración, así como los muchos otros implicados en las delicadas negociaciones de año y medio, realizaron una sorprendente hazaña. Igualmente de impresionante, nadie filtró nada. Mi hipótesis es que este hecho único sucedió porque todos los participantes, desde el papa y el gobierno de Canadá hasta el equipo de Obama, estaban tan cansados de esa política sin sentido que no iban a suministrar a sus adversarios una advertencia para que pudieran torpedearlo todo.

La indignación por otra “traición” de EE.UU. fue una segunda reacción destacada. La traición por parte de Estados Unidos es un tema recurrente en la narrativa del exilio tradicional, desde Bahía de Cochinos hasta la saga de Elián González y lo de la semana pasada.

A alguien ajeno le pudiera extrañar este sentimiento. Por una parte, nunca hubiera habido una invasión a Cuba por los exiliados, ni el fracaso en Bahía de Cochinos, si Estados Unidos no ha hubiera planeado, organizado, reclutado los combatientes, pagado para mantener a sus familiares, entrenarlos, suministrar todo el equipamiento militar, incluyendo barcos y aviones, o presionado a países centroamericanos para que brindaran las bases. ¿Dónde está la traición?

El meollo de la narrativa de la traición tiene que ver con la negativa del presidente Kennedy a ordenar un segundo bombardeo para destruir lo que quedaba de la fuerza aérea cubana. El mito dominante es que si ese bombardeo hubiera tenido lugar, hubiera inutilizado las defensas cubanas, llevando a una victoria de los exiliados.

La realidad es que nada que no hubiera sido una invasión norteamericana a gran escala hubiera provocado la victoria. En Cuba, en abril de 1961 había masas de pueblo tan comprometidas con la revolución y apoyando a Fidel Castro que estaban dispuestas a luchar y dar su vida.

Incluso si se hubieran enviado los bombarderos, hubieran evadido a los cazas cubanos contra los cuales los B-26 suministrados por EE.UU. no tenían defensa y hubieran destruido hasta el último avión cubano –una conclusión un tanto peregrina, teniendo en cuenta el resultado del primer bombardeo– la Brigada 2506 no hubiera podido derrotar el abrumador número de tropas que los combatió.

Lo más probable es que el control del aire habría significado que los exiliados habrían matado y herido a muchos más cubanos en la isla antes de ser derrotados. A su vez, tal resultado sangriento hubiera provocado exigencias por parte del pueblo cubano para que ejecutaran hasta el último invasor, un deseo al que Fidel Castro no hubiera podido oponerse.

Mejores argumentos a favor de la traición se hubieran podido utilizar en otro sentido. El plan de la CIA fue un desastre. Muchas personas en el gobierno de EE.UU. sabían que terminaría en derrota y no pudieron detener la invasión. Hubo mucho personal norteamericano implicado que despreciaba a los cubanos en general y a los exiliados en particular. Por ejemplo, los supuestos líderes civiles de la invasión se mantuvieron incomunicados mientras duró la invasión. La razón: “Los cubanos no pueden mantener un secreto”. La ausencia de filtraciones desde La Habana desmiente eso. Y luego está el hecho de que presidentes de EE.UU., de Kennedy en adelante, prometieron a los exiliados la luna y muchos lo creyeron.

Hay muchos otros temas menos importantes que los de la línea dura creen que sucedió, pero apenas me queda espacio para desviarme hacia la realidad. Una encuesta por parte de Bendixen and Amandi demostró que los “cubanoamericanos en todo el país están divididos casi a la mitad en cuanto el apoyo al embargo y a los esfuerzos del presidente Obama para normalizar las relaciones con Cuba”. Quizás mucho más significativo, hay una “vasta división generacional” acerca del tema. Los cubanoamericanos más jóvenes apoyan más los cambios que sus mayores. No hay que ser perito en cálculo matemático para darse cuenta de lo que eso significa.

Ya Marco Rubio y sus compinches republicanos en el Congreso están preparando sus bunkers para tratar de arrancar la victoria de las fauces de la derrota. Van a toda velocidad contra la marea de la historia.

Progreso Semanal/ Weekly

Publicado el 23/12/2014 en Política y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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