Afinador de Steinway & Sons: clase magistral en La Habana


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Ludwig Tomescu es uno de los mejores afinadores de piano de New York, tras más de 30 años con Steinway & Sons. Cuando en 2013 el profesor Salomon Mikowsky le pidió que viniera, para el primer Encuentro de Jóvenes Pianistas, no tuvo que convencerlo. “Me habló de que necesitaban un técnico y le dije: ‘bueno, ese es mi sueño, ir a Cuba’”.
El año anterior también estuvo aquí, cambió martinetes, cuerdas, trabajó ocho horas durante seis días, con ayuda de Onis Marín, afinador del Centro Histórico de La Habana Vieja. “¿Cómo está el piano de la Basílica?”, pregunta, como quien se interesa por un paciente.

Ahora, por primera vez, imparte un taller para mecánicos, afinadores y reparadores cubanos. El Oratorio San Felipe Neri es el aula, con todo y pizarra. Junto a los de la capital, han venido alumnos desde Matanzas, Cienfuegos, Sancti Spíritus, Villa Clara, Granma y la Isla de la Juventud. “Primitivo González. Curso de Afinación”, se lee en la carátula de una libreta, al lado del lápiz y los espejuelos. Ya empieza la clase.

The piano man

Desmemoriado para los nombres, rumano de nacimiento, socrático. “¿Qué escucha usted en esta quinta?”. “Díganme una situación que se hayan encontrado, a ver…”. El maestro prefiere las esencias, lo clásico. “El piano es un instrumento que entra en el cuerpo por los oídos, y esa conexión se pierde cuando se usa una máquina en la afinación”.
Con 19 años abandonó la idea de ser pianista, porque no le gustaba practicar horas y horas, y tampoco tenía dinero para la escuela. Al llegar a Estados Unidos aplicó a Steinway y a la Fuerza Aérea. “No pude ser piloto, comenta divertido. Ahora estaría muerto, o retirado en una isla… en Cuba”.

En la compañía estuvo de mensajero y conserje, aunque siempre preguntaba, quería aprender. Tanto que un día le dijeron: “estás perdiendo el tiempo ahí, por qué no vienes y trabajas con nosotros”. “Y así empezó todo”.

Aprendió a hablar español en la Gran Manzana, además porque hoy los empleados de su taller son dominicanos. Sin embargo la espontaneidad le gana. “Come on, guys”, “Hey, hey, quiet”, “¡Right! Veeery good”. Improvisa un bailecito, tararea. “Como sé que los cubanos son muy musicales, esto va a estar muy fácil para ustedes”.
Tomescu tiene 380 clientes en todo el mundo. El dato induce una pregunta indiscreta “¿Usted cobra por estar aquí?”. “No”, responde, como si fuera lo más normal. “El año pasado, la gente de New York me pagaron, pero en estas clases solamente cubren mis gastos. Mi tiempo es un beneficio que quiero dar, especialmente, porque alguien me lo dio también cuando empecé allá”. Lo dice el hombre que ha afinado los pianos del Lincoln Center y el Carnegie Hall.
“Puedo mejorarle la vida a alguien, su situación económica y profesional, y eso es algo que uno siempre necesita dar sin pedir. Esto para mí es una inversión, porque yo sé que Cuba se va a desarrollar, yo sé que se van a acordar de mí cuando me puedan traer”.

“O hay afinadores en Cuba, o se acaban los pianos”

La frase es de Juan Félix Suero, que apenas comienza en el oficio. Le está enseñando Marcelino Campos, su paisano de la Isla de la Juventud. Según este, es “unos de los pocos afortunados con perfil en Facebook” por allá. Entonces aprovechó, buscó videos y tutoriales en Internet, y ahí va.
En 1970 había 50 afinadores de piano en el país, en su mayoría personas ciegas y débiles visuales, graduados de un curso experimental creado por Horacio Riquelme. Desde entonces se han hecho seminarios y otras modalidades de aprendizaje, pero una escuela como tal no existe.

Evelyn Arias terminó de estudiar Reparación y afinación de instrumentos musicales, en la Escuela Nacional de Arte (ENA). Eso fue en 2005, el mismo año en que cerraron la cátedra. La especialidad pasó a impartirse de manera optativa a los alumnos de música, aparte del instrumento. La mayoría ha aprendido empíricamente, “metiendo cabeza”, en palabras de Rolando Antiguas, afinador del Conservatorio Guillermo Tomás, de Guanabacoa.
De aquella promoción de hace 45 años están sentados aquí Flora Villarreal, Bonifacio Sánchez y Eduardo Torres. “Siempre uno aprende algo, la última carta siempre está escondida”, opina él. “Florita”, quien fuera afinadora de Frank Fernández durante 20 años, cuenta la poca suerte que ha tenido la enseñanza de esta labor.
“Nosotros lo hemos planteado en los congresos de la Asociación de Ciegos, para que hagan los cursos y nos den trabajos, porque no hay muchos oficios en que nos podamos desarrollar. Incluso en algunos lugares han eliminado la plaza de afinador, porque dicen que no hace falta”. “Desde el 2009 yo estoy faja’o con eso, por hacer la escuela”, remata Bonifacio.

Se trata también –malditas matemáticas- de una cuestión económica. Muchos pianos se echan a perder, abandonados, no hay piezas de repuesto ni herramientas, y la situación obliga a inventar, resolver, sobrevivir. Tampoco existen tiendas para cualquiera que le interese, y es complicado importarlos.
Tomescu explica que él cobra 185 dólares por afinación, y 240 si debe salir de la ciudad. “Oye eso –apunta irónico Bonifacio-, y aquí se tiran a llorar por 10”. A lo sumo, cuesta 20 cuc, si bien en Varadero y otras zonas turísticas puede llegar a 30. “Probablemente en un mes no te caigan dos pianos”, interviene Alián Rodríguez, matancero de 22 años.
El maestro afirma que las soluciones de emergencia no contradicen la cultura del detalle, perfeccionista, propia de este quehacer. “Uno necesita esa flexibilidad que ustedes tienen para buscar una alternativa y realizar un trabajo bueno”. Aun así, Alián no se convence del todo: “Si el instrumento no tiene las condiciones técnicas, y hay que estarle poniendo cuerdas recicladas, un martillo que no es el suyo… al final el sonido no será el mejor”.

Play it again

El III Encuentro de Jóvenes Pianistas se extenderá durante casi todo junio. Mikowsky vendrá de nuevo con sus muchachos de la Manhattan School of Music, y llegado el momento todos los instrumentos estarán listos, pues Tomescu vino en la avanzada para “pasarles la mano”.
Por suerte, los Steinway en las salas de concierto de la capital se conservan en buen estado. “Aquí los pianos son cuidados muy bien, los mantienen de una manera muy profesional. Solamente que el clima, la humedad, hacen gran daño, y nadie tiene la culpa”.
“¿Por qué hace tanto ruido aquí hoy?”, se inquieta. Claro, es que estamos en plena Habana Vieja, dígase –escúchese- pregones, bicitaxis, taladros… “El proceso es lento –vuelve al piano-mucha gente quiere hacer las cosas mañana, pero es un trabajo que lleva tiempo”. Y hablando de eso, en la Ciudad que Nunca Duerme, también hay expectativas con la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. “El comentario es que se necesita un cambio”.
Mientras no está dando clases, Tomescu le coge el gusto a la villa. “Andar, y comer, me encanta la comida cubana, tomar un mojito, el tabaco…”. La Habana y New York están en el mismo huso horario. Eso también ayuda.

Fotos: Carlos Ernesto Escalona Martí.

Tomado de Progreso Semanal.

Publicado el 02/06/2015 en Cultura y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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