El Floridita, bohemio, elegante e histórico


Por: Opciones

El bar y restaurante Floridita, templo del novelista estadounidense Ernest Hemingway en La Habana, constituye un reducto imprescindible a visitar por los turistas que desde todo el mundo llegan a diario a la capital cubana.

En la actualidad, constituye un sitio elegante, y quizás con un toque bohemio, con una escultura en bronce del novelista que hizo famoso al lugar, sentado, acodado en el mismo rincón donde en los años 50 del pasado siglo se le vio.

Frente a esta escultura, ante Hemingway, siempre aparece un trago real, un Daiquirí, tal como ocurría en su momento; por tanto se trata de una de las escenas más fotografiadas por los turistas en el país.

Un lugar que cuenta con una atmósfera muy particular, donde confluye el entusiasmo bohemio de otros tiempos, ahora representado por bulliciosos grupos de viajeros que desean emular con los años 50. Sin embargo, se trata de un bar-restaurante especializado en mariscos, con carta de vinos y de habanos, capaz de estimular a los más exigentes visitantes, que desean no solo pasarla bien, sino tener a la mano un excelente servicio.

Estos elementos justifican el interés por el lugar, donde el autor de Por quién doblan las campanas se sentaba largas horas a degustar el trago Daiquiri (ron, limón, azúcar, yerbabuena, y hielo molido), pero a su manera, con más alcohol y sin azúcar, bautizado como Papa Doble.

Este es uno de los sitios de la llamada Ruta Hemingway, que a fines de este 2015 se implanta en el interés sobre todo de yatistas estadounidenses, que además de aprovechar sus viajes a la isla en busca de conocer a los cubanos, desean ponerse en contacto con esos míticos escenarios del escritor.

Allí se sentaba el novelista con sus pantalones cortos y sus sandalias, listo para degustar sus Papa Doble.

Cuando carecía de tiempo para concluir su faena, cuentan quienes lo conocieron, cargaba con vasos de ese preparado y se llevaba en su automóvil a Finca Vigía, su hogar en San Francisco de Paula, en las afueras de La Habana.

El Floridita, con más de 100 años de fundado (se abrió en 1817), también fue punto de recreo de Errol Flynn, Spencer Tracy, Gary Cooper, Ava Gardner, Marlene Dietrich, y la crema y nata cubana, entre una larga lista de personalidades.

Lugar de premio en premio

En 1943 la revista estadounidense Esquire publicó una lista de los siete bares más famosos del mundo, en la cual incluyó al Floridita, que en 1992 recibió el premio Best Of The Best Star Diamond (El mejor de las mejores estrellas de diamante) de la Academia Norteamericana de Ciencias Gastronómicas.

Tal galardón se le adjudicó precisamente como el Rey del Daiquiri, y no por gusto, pues dicha receta afinca su predominio en el gusto de los clientes actuales.

Sobre ese bar y Hemingway existen numerosas anécdotas, desde romances secretos y platónicos del autor con Liliana La Honesta, una mujer de vida fácil muy hermosa, hasta una pelea de este con un espía alemán.

Es un sitio de ambiente agradable, donde el color rojo predomina en el decorado y los barman muestran permanentemente sus medallas ganadas en concursos internacionales.

Allí se sirven platos preparados a base de mariscos y pescados, aunque se puede solicitar cualquier receta de la comida criolla cubana.

En el mostrador de la barra, una antesala que da paso al restaurante, se encuentra una computadora personal en la cual se conservan centenares de recetas de tragos, tanto de la coctelería internacional como cubana.

Se debe a que allí llegaban personalidades con idea de beber una mezcla alcohólica y si esta resultaba adquiría el nombre del cliente y se anotaba en la carta de la casa. Con el tiempo predominaron solo algunas decenas, pero los empleados guardaron celosamente el resto de los modos de beber.

En este momento esas exclusividades o rarezas están a la mano del visitante, y no son pocos los que llegan dispuestos a consumir algo exótico.

Por ejemplo, ciertos españoles, que no son identificados, pidieron un Daiquiri de aguacate, una fruta carnosa y de color verde del trópico, e inmediatamente fueron complacidos.

Además, se narra que un japonés -cuya identidad también se reserva – cada vez que llega a Cuba va al Floridita y pide en orden la carta oficial completa. Si le falta algo por degustar, vuelve al día siguiente a concluir su obra.

Allí también se confeccionó un daiquirí gigante para el que se fabricó una copa de grandes proporciones, y de la que el día de tal récord bebieron centenares de participantes en el acontecimiento, tanto cantineros como turistas.

Por lo demás, el establecimiento se encuentra en un lugar sumamente céntrico, Obispo y Mercaderes, una confluencia de calles que antaño tenía la Muralla de La Habana, para proteger a la urbe vieja, o intramuros, de los ataques de corsarios y piratas.

Hoy por el lugar existe un bullicio constante y por él transitan personas de cualquier parte del mundo, que junto con los cubanos disfrutan del multicolor entorno, la música circundante y de una urbanidad inusitada.

Publicado el 29/11/2015 en Cuba, Turismo y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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